Venezuela: 35 días de insalubridad, abandono, enfermos, espantos y terror

El Punto de Asistencia Social Integral de Campaña (Pasic), ubicado en el Internado de la Misión de Guana de Santa María de Guana en el municipio Guajira se ha convertido en uno de los campos de concentración previstos por el gobierno venezolano para atacar la propagación del Covid-19, pese a la buena voluntad el infierno que viven los retornados al país es una experiencia que jamás olvidarán

El drama de los repatriados en los Pasic, no es menor a la tragedia que viven como migrantes

Carlos A. Ramírez B.

A María Auxiliadora le bastaron 35 días con sus noches para, padecer, asumir y entender que la idea de traición a la patria recaía no solo en los políticos opositores venezolanos, que el gobierno señala de querer entregar las riquezas del país al imperio, sino también, en aquellos que por hambre e inseguridad salieron del país en búsqueda de un futuro provisor que se detuvo ante la llegada intempestiva de la pandemia y que los obligó regresar al país con el estigma de parias.

Uno de los Pasic instalados por el gobierno venezolano en el Estado Zulia

Son las doce de la medianoche y María Auxiliadora, con una lesión en la espalda, dos maletas metidas en un saco de harina y amarradas con un mecate amarillo, un bolso azul con caramelos, panes, galletas y una botella de agua mineral espera en el sector la Raya, de la parroquia Pueblo Nuevo, del municipio Baralt en el estado Zulia, un convoy que la trasladará junto a otras doscientas trece personas al Punto de Asistencia Social Integral de Campaña (Pasic), ubicado en el Internado de la Misión de Guana de Santa María de Guana en el municipio Guajira.

Todos los presentes abordan los vehículos militares con un destino incierto, pero con la esperanza de pasar quince o veinte días aislados, como parte de la evaluación de rutina prevista por el Estado venezolano, enmarcada en las medidas de precaución para evitar el contagio de Covid-19. Los venezolanos retornados vienen en su mayoría de Colombia y se distinguen entre ellos por sus acentos, ahora mezclados con el sonsonete colombiano que lo hace más melódico.

Vienen con maletas y utensilios de cocina manchados por el fuego abrazador que provoca la cocción a leña. No se ven preocupados y duermen durante las cinco horas que dura el recorrido gestado por trochas que hacen que los vehículos, sin ninguna característica de comodidad, estremezcan los huesos y músculos de los pasajeros, pero aún así hay quienes no se alteran, solo suspiran mientras estrujan sus pertenencias al pecho para evitar que se pierdan.

Ante este escenario hostil, María Auxiliadora, se mantiene alerta, solo la tranquiliza la idea de unos pocos días y el retorno a su hogar será ya un hecho, luego de cuatro meses de ausencia, donde trabajo de vendedora en uno de los tantos comercios que abren las puertas a extranjeros, por lo económico de su contratación, en el municipio colombiano de Fonseca del departamento de La Guajira.

A las cinco de la mañana el contingente de repatriados y posibles focos de infección del nuevo Coronavirus llegan al Internado de la Misión de Guana, sitio que los hospedará durante 35 días y que los enseñará a convivir en comuna, degustar comida poco elaborada, vivir entre mierda, ser testigo de bajas pasiones, drogas y vejámenes por parte de una cúpula militar que no está preparada para las relaciones públicas y, deja entrever en cada actuación, su incapacidad acentuada de mantener un orden o quizá todos siguen órdenes superiores y el trabajo realizado es la meta de una planificación desastrosa que hace que todos los presentes afirmen entre el hedor que no cesó durante 35 días que están pagando el precio de traicionar a la patria.

I. La comida y la falta de sazón

En los Pasic el hacinamiento es la norma. Allí conviven los contagiados con los pacientes asintomáticos

Al llegar al Punto de Asistencia Social Integral, los 213 nuevos huéspedes fueron divididos en cuatro grupos los cuales se ajustaron a la realidad de mantener a las familias unidas y a los menores de edad. El internado de la Misión de Guana está conformado por tres pisos donde fueron acondicionados salones para ubicar literas (barracas militares). Dieciséis baños estaban dispuestos para todos y la presencia activa de médicos y enfermeras.

Mucho antes de llegar María Auxiliadora, ya los encargados del recinto habían contratado a los pobladores guajiros del sector para que se encargarán de la elaboración de los alimentos, los cuales nunca faltaron, situación que se comprobaba por los camiones que semanalmente llegaban y descargaban la materia prima. 

El primer día el desayuno no fue degustado por todos. La intención inicial era buscar comodidad y demarcar cada territorio como suyo. Así que el almuerzo gestó unas de las acciones cotidianas de mayor envergadura durante los días de cautiverio: El menú era invariable. Los cambios de sazón llegaron a la cocina con un hecho posterior, pero los alimentos y su elaboración era única, nadie pensó que la falta de imaginación de las cocineras guajiras y de los militares se expresará con una limitación del arte culinario que generaba terror, ansiedad y escalofríos, algunos de los repatriados comparaban, a manera de burla, la reacción en sus cuerpos de la comida con los síntomas inequívocos del virus mortal.

El menú al desayuno eran bollos pelones y lentejas sin ningún aderezo que no fuera sal, el almuerzo contenía otros alimentos: arroz con pernil sancochado, pero sin destreza alguna, pues la cocción que debía darle mayor gusto al plato lo que daba era un sinsabor que lo hacía insípido y parecido al buqué del desayuno y, para cerrar el día, la pasta blanca y nuevamente el pernil sancochado eran los actores principales. Todo sabía idéntico, por eso todos miraban bien la comida para que el cerebro hiciera el trabajo y, así no confundir el pernil con la lentejas o el arroz con los bollos pelones y, la pasta, con el jugo de papeleta que reinaba en la mesa por su color pues el sabor agridulce solo acababa con las esperanza de probar algo digno.

María Auxiliadora se mantuvo con pan y galletas que le proveía su bolso, por eso temía que los días aumentaran y, que sus provisiones, no le sustentaran hasta el final de la medida de previsión. Y su miedo a probar la comida del punto de asistencia se extendía con mayor fuerza cuando veía como en el comedor las moscas rondaban la comida y era casi imposible que no tocaran los platos, los cubiertos, las mesas y hasta la misma boca de los comensales.

El comedor pasó de ser comedor para llamarse el mosquero.

Durante la estadía se registraron dos cambios en la administración de la cocina. El primero, gestado en contra de las cocineras goajiras quienes fueron señaladas de robarse la comida, razón que provocó una inmediata gerencia de facto que solo transformó la apariencia, pues la comida seguía con su característica única e inigualable, la de no tener sabor. Y, el segundo, se inclino hacia los bollos pelones, los cuales comenzaron a verse apilados en toda la instalación y otros fueron guardados, por su dureza, cual armas letales a la espera de una confrontación interna que ya se sentía en el ambiente ante las normativas estrictas de quienes dirigían el recinto.

II. Los baños, la mierda en el patio y el agua salada

A los Pasic se llega un día, pero no se sabe cuándo van a salir los repatriados

El primer choque, además de la comida, que recibió María Auxiliadora, se centró en los baños. En apariencia los 16 dispuestos servirían para todos, la primera semana se vieron los incipientes vestigios de una crisis que nunca se resolvió y que impregnó todo el Internado de la Misión de Guana. La falta del acondicionamiento y la desidia de directivos y de usuarios hicieron que el colapso llegara.

A la segunda semana las heces taparon los baños y se buscaron sitios alternos para cumplir con el ritual biológico, situación que provocó que las duchas, los rincones de los largos pasillos, y todo el verdor que es insignia de la Guajira sirvieran de baño portátil, así fue que las moscas se multiplicaron y, junto a los embates de los zancudos, todo se convirtió en un muladar donde hacían vida mujeres, hombres y niños.

El patio extenso guardaba en cada resquicio un foco de contaminación, la mierda en el patio se volvió cotidiana y las largas horas de ocio de quienes esperaban la salida pronta del aislamiento se hicieron más largas. Más dolorosas y más repugnantes.

Sumado a la ya caótica situación, el agua de los grifos para hacer la comida, para bañarse, para limpiar y para guardar era salada. Una crisis que data de hace años y que los repatriados padecieron. Es así como las condiciones fueron empeorando, sumado al calor, y a una seudo crisis sanitaria que provocó diarreas y vómitos que derivaron en más focos de contaminación, y que otro lugar para verter la inmundicia, que el patio y un árbol de nísperos, cargado de la fruta, que se escondía al fondo del internado.

Desde ese momento solo los más fuertes probaron la fruta y jugaron dominó bajo su sombra, rieron y una que otra pareja nueva se besaron dejando una muestra de amor bajo esa planta que todo soporta, el resultado no se hizo esperar y, en la primera jornada de descarte del Covid-19, todos dieron positivo sumado a la enfermedad estomacal que no cesaba, quedando demostrado que no eran tan fuertes y que la crisis estaba tomando otras dimensiones.

III. El amor, los espantos y la teniente infectada

Los militares imponen su ley en los Pasic

Las condiciones no estaban dadas para otra situación que no fuera no contagiarte y soportar el viacrucis que se gestaba durante el aislamiento. Sin embargo, María Auxiliadora, fue testigo impasible de historias de amor nacidas de encuentros furtivos en el comedor, los pasillos y una plaza que estaba al final del patio donde convergían todos. El centro de encuentro se le llamó la plaza de los enamorados y hacía referencia a las largas horas de tertulias de las parejas que culminaban con besos apasionados y una desconcertante desaparición del sitio.

En cada sector del refugio, las parejas se reunían y no importaba la orden de distanciamiento social, el amor en cualquier escenario es bienvenido, así esa cercanía te pueda causar la muerte. La presencia de Cupido también estuvo presente en los dormitorios, las parejas esperaban que todos durmieran para empezar la faena que, además, no era silenciosa, sino contentiva de sonidos y movimientos que no pasaban desapercibidos. 

Las quejas llegaron, pero los militares solo daban charlas de la vida en comuna sin accionar sanciones. Los repatriados tomaron la justicia en sus manos y sacaron de los cuartos a los amantes que, entre disputas y amenazas, no les quedo otra que marcharse y buscar otros lugares de encuentro.

Las noches eran las horas más anheladas pese al toque de la campanilla que servía para informar que todos debían retornar a sus cuartos. Los amantes se las ingeniaban para salir a verse, pero en algunas ocasiones algo, más allá del entendimiento y extraterreno, los detenía, el cuento de la aparición del niño en las escaleras del internado era más que suficiente para no ir al baño y parar, solo por un día, el deseo y la pasión que quemaba a los repatriados.

Los cuentos de fantasmas y aparecidos también se gestaron en esos días de cautiverio, no todos creían, pero de igual forma, evitaban estar solos en esos lugares donde el rumor se intensificada con afirmaciones tan desproporcionadas que iban desde una muerte violenta a solo un espanto que recogía almas. A nadie se le apareció, pero su presencia, con el transcurrir de los días se hacía presente mucho más cuando uno de los positivos para el Covid-19 quiso lanzarse del techo del internado, alegando que no podría seguir en el refugio donde un niño muerto se les aparecía a todos.

Las pruebas se realizaron con seis días de retraso y debido al desorden que imperaba se extendieron hasta la madrugada. Los resultados, 49 de los 213 aislados estaba infectados, sumando a una teniente que salió inmediatamente del recinto y, a quien le acuñan, no haber cumplido el distanciamiento social con los presentes, además de ser una ferviente visitante de la plaza de los enamorados.

IV. Ladrones en casa, las pruebas y la protesta que no llegó a nada

El miércoles de la segunda semana, María Auxiliadora escuchó por primera vez una queja en torno al resguardo de las pertenencias. La pérdida de un tapaboca generó una minuciosa búsqueda que resultó infructuosa pues nunca apareció.

En esta especie de sitios de reclusión de los repatriados, medio se come y medio se vive

La pelea encendió las alarmas. Todos estuvieron más atentos y, sin embargo, días después otro hecho escandalizó a los residentes. El extravío de una toalla fomentó nuevamente una requisa que tuvo como resultado positivo la aparición del tapaboca, la toalla jamás se encontró y la desconfianza se apoderó de todos. Nadie dejaba sus maletas solas y la supervisión constante se volvió ley.

En el área destinada a los hombres, el robo de un teléfono celular generó una pelea y posterior captura de un implicado en el hecho. María Auxiliadora relata que todo ocurría en las noches y fue, una de esas noches envueltas por el niño aparecido y los amantes furtivos, que se escucharon unos gritos de desesperación, mientras un cuerpo caía por las escaleras generando quejidos y pidiendo ayuda.

Los efectivos a cargo detuvieron al presunto infractor y lo encerraron en una especie de celda las tres semanas restantes para la salida. Al joven se le entregó un tobo para que pudiera hacer sus necesidades, el cual era vaciado todas las mañanas en las áreas verdes del internado. Los robos no cesaron, pero la tranquilidad de tener a un responsable cautivo daba la sensación de tranquilidad.

En medio de tantas deficiencias llegaron las pruebas PCR y las pruebas rápidas para comenzar el descarte infeccioso en el punto de asistencia. Las mesas para el control se acondicionaron y el desorden reinaba. Todos fueron revisados y se esperaron siete días para obtener los resultados.

La llegada de los resultados arrojaron tres hechos comunes: El primero, el conocimiento de 49 infectados; el segundo, la queja de los casos positivos exigiendo su salida del aislamiento y; el tercero, un comentario pueril que casi termina en un linchamiento, cuando una joven infectada se alegró por los 49 casos, argumentando que ya no habría discriminación entre enfermos y sanos.

La comunidad sana preparó maletas y se apostó a las puertas del portón y exigía su salida de inmediato. Otros más osados sacaron los colchones para hacer una hoguera e iniciar una protesta más violenta. Todo fue un caos y en medio de todo, María Auxiliadora, taciturna y callada avistaba un posible regreso a casa.

Los gritos de parte y parte no dejaban que el diálogo se concretara, los niños lloraban y jugaban con los bollos pelones que se encontraban en todo el patio,  los cuales también fueron tomados por los adultos, pues el valor nutricional del alimento se había petrificado y de allí, su efectiva utilización como arma para defender sus derechos.

En plena efervescencia las bombas lacrimógenas se hicieron presente. Todos corrían, mientras el humo hacía el trabajo y los golpes acompañaban la interrupción de la protesta. Fue así, que, con pertenencias, niños y bollos pelones, los insurrectos regresaron a sus cuartos con una batalla o quizá la guerra pérdida.

V. Las pastillas contra la malaria, los 49 positivos y la despedida

La hidroxicloroquina y la cloroquina son medicamentos utilizados para tratar la malaria y, pese a que en un principio se asumió la posibilidad de ser un fármaco para tratar el Covid-19, la OMS suspendió el producto del programa Solidaridad. Sin embargo, las acciones para evitar que la enfermedad produzca mayores decesos, es un medicamento que se da a los venezolanos que están en cuarentena obligatoria en los Pasic.

Para los venezolanos que pasan por los Pasic, este es una especie de castigo por haber intentado hacer vida en otro país

Luego de la protesta, los efectivos militares decidieron que todos pagarían por el inicio de una revuelta, así que todos, infectados y sanos, comenzaron el tratamiento como una medida obligatoria para abandonar el internado de Guana.

El malestar se gestó en todos. Dos pastillas en la mañana y otras dos en la noche durante 3 días fue la receta aplicada. Algunos vomitaban, otros no soportaron el malestar estomacal, motivo por el cual, al segundo día, nadie tomaba la pastilla y ante la falta de supervisión, todo volvió a esa normalidad que ya rondaba cuatro semanas.

Los afectados por el Covid-19 fueron aislados, luego de una disputa inentendible que María Auxiliadora relató como innecesaria, que solo buscaba que los familiares de los enfermos estuvieran juntos a pesar de estar sanos. Sin embargo, entre lágrimas y maldiciones se reubicaron y la brisa fresca de una pronta salida por fin llegaba al punto de asistencia.

Todos los días subsiguientes les informaban que pronto saldrían, pero luego descartaban el hecho. El muladar en que se había convertido el patio era cada vez más inaguantable. Los amores de noche, el juego de dominó bajo el árbol de níspero sin ninguna protección y la aparición del niño en las escaleras seguían ocurriendo, detenidos en el tiempo. Hasta que el día 35, cuatro autobuses se estacionaron frente al Internado de la Misión de Guana de Santa María de Guana en el municipio Guajira y todos los sanos salieron del cautiverio, mientras, a través de las ventanas del tercer piso, los infectados con Covid-19 lloraban y movían sus manos en señal de despedida.

A las tres de la mañana, María Auxiliadora estaba en un lugar desconocido, donde autobuses se disponían a viajar desde Maracaibo hasta el centro del país para llevar a los retornados a la patria.

Al terminar su relato, le pregunté qué fue lo primero que pensó luego de salir de la cuarentena y, con su voz fuerte y determinante aseguró que la traición a la patria que el gobierno le acuña a quienes se fueron del país, se paga en forma de ayuda.

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