¿Por qué Bolivia crece, mientras Venezuela se empobrece?

Bolivia crece a un ritmo del 4,5% anual. La economía venezolana, en cambio, se contrae a ritmos acelerados. A finales de este año, el Producto Interno Bruto (PIB), se habrá reducido otro 35%. En síntesis, la economía venezolana se ha reducido casi en un 90% desde 2013 cuando Nicolás Maduro asumió el poder.

Bolivia crece mientras Venezuela se empobrece

Misael Salazar F.

Bolivia y Venezuela cumplen casi dos décadas caminando por la senda del denominado Socialismo del Siglo XXI, una propuesta filosófico-política del fallecido ex presidente de Venezuela, Hugo Rafael Chávez Frías.

Pero al cabo de este ya largo período de tiempo, las diferencias entre los dos países son abismales: La economía boliviana crece a un ritmo de 4,8% anual, la inflación para el año 2019 es apenas imperceptible (2%), según cifras del Fondo Monetario Internacional (FMI) y el país muestra una reducción de la pobreza extrema a la mitad de las cifras de cuando llegó Evo Morales al poder.

En Venezuela, en cambio, se halla la otra cara de la moneda.

Tras varios años sin dar a conocer los indicadores económicos de Venezuela, el Banco Central del país caribeño anunció que desde 2013, cuando Nicolás Maduro asumió la presidencia, el Producto Interno Bruto (PIB), ha caído 52,3%. Es decir, la economía venezolana se ha reducido a la mitad en tan solo 6 años.

La misma fuente (Banco Central), señaló que la inflación para finales del 2018 se había incrementado en un 130.000%, pero la Asamblea Nacional, de mayoría opositora al gobierno de Maduro, estimó para el 2018 una inflación de 1.700.000% y calcula que, para este año, 2019, estará por encima de los 10.000.000%, constituyendo, de lejos, la inflación más alta del mundo.

Otro dato escalofriante: El Fondo Monetario Internacional y el Banco Mundial estiman que la economía venezolana caerá otro 35% este año y no parece estar lejos de la realidad. La economía está totalmente paralizada. El aparato productivo se halla desactivado y las cifras de desempleo son alarmantes.

Producto de esta situación, se ha generado una ola migratoria sin precedentes en la historia venezolana. La ONU y la Oficina del Alto Comisionado de la ONU para los Refugiados (ACNUR), señalan que hay 4 millones de venezolanos fuera del país, huyéndole a la crisis que cada día hace más insoportable la vida en el país con las mayores reservas petrolíferas del mundo, calculadas en 300.000.000.000 (trescientos mil millones de barriles), según todas las calificadoras del planeta.

Las importaciones venezolanas también cayeron notablemente, pasando de 57 mil millones de dólares, en 2013, a solo 14 mil millones de dólares en 2018. Y la cifra no ha hecho más que caer durante 2019.

Los datos proporcionados por la Organización de Países Exportadores de Petróleo (OPEP), a la cual pertenece Venezuela, señalan que la producción de petróleo cayó este año a la cifra histórica de 740.000 barriles diarios, ubicándose la producción venezolana por debajo de Colombia. Estos datos son preocupantes, tomando en cuenta que el petróleo es la principal fuente de ingresos del país.

¿Cuál es la diferencia?

Las cifras que mostramos anteriormente conducen a la misma pregunta que muchos se formulan: ¿Por qué si tanto Hugo Chávez, como Evo Morales partieron de la misma matriz de pensamiento, conocida como Socialismo del Siglo XXI, los resultados económicos son tan distintos en los dos países?

Recordemos, antes de empezar a responder, que ambos líderes, Chávez (1999) y Evo Morales (2006), tuvieron que enfrentar fuertes movimientos al interior de cada país en contra de sus respectivos planes de gobierno, que apuntaban hacia una presencia más fuerte del Estado, con el fin de garantizar una mejor distribución de la riqueza.

Aquí comienzan las diferencias entre uno y otro mandatario. Hugo Chávez le apostó a un Estado fuerte, poderoso, casi sin límites de ninguna especie y jugó muy poco a un equilibrio entre lo público y lo privado.

Es esta la razón por la cual tuvo que enfrentar la gran huelga del año 2002, en la que se unieron, en su contra, la entonces poderosa Fedecámaras (agrupación de empresarios), la no menos fuerte Confederación de Trabajadores de Venezuela (CTV), los grandes medios de comunicación e incluso un sector representativo de la iglesia católica (la cúpula), quienes prácticamente controlaban el poder político y económico antes de la llegada de Chávez al poder en 1999.

La huelga dejó al país destrozado económicamente, pero quizás el daño peor estuvo en que, desde entonces, se produjo una ruptura casi definitiva entre todos estos sectores de la vida económica y política venezolana, con posiciones cada vez más distanciadas entre ellos y el gobierno, lo que, a la postre, condujo al país a la situación tan precaria que hoy exhibe.

Allí, en el hecho de que casi comenzando el gobierno de Hugo Chávez se produjo una ruptura entre los distintos actores del desarrollo económico y el gobierno, se halla una de las razones de la crisis que hoy padecen los venezolanos. La que se impuso, en lo sucesivo, fue la exclusiva visión del gobierno y este siempre creyó en el Estado súper poderoso que podía resolver todos los problemas sociales, económicos e incluso políticos.

Evo Morales también tuvo que enfrentar al poder económico boliviano, sobre todo el de los estados más fuertes por su capacidad productiva, que incluso lo retaron con serios intentos separatistas.

Pero en Bolivia, tanto el gobierno, como los empresarios, entendieron que el diálogo franco era absolutamente necesario para sus propios intereses y para el país en su conjunto.

Luego de los serios intentos separatistas, gobierno y empresarios zanjaron sus diferencias y empezaron a trabajar juntos, con sus diferencias naturales, por el bien de unos y otros, pero sobre todo por el bien de los bolivianos.

Evo Morales, como Chávez, creía en el poder del Estado para materializar su proyecto. Pero Morales, tal vez mejor asesorado, no se aferró al poder absoluto del Estado, es decir, creyó en el poder del Estado, pero creyó también en el poder y las capacidades del sector privado.  

Mientras Chávez comenzó a nacionalizarlo todo, a expropiarlo todo en función del Estado absoluto, Evo Morales nacionalizó los llamados recursos estratégicos: Los hidrocarburos y la electricidad, en principio. Al líder indígena no le importaba el poder absoluto del Estado sobre un fundo, una factoría o una empresa.

Evo Morales, junto a su ministro Luis Arce Catacora, diseñan el llamado modelo mixto, que se soporta en dos pilares fundamentales:

Por un lado, lo que denominan el sector estatal, empezando por la nacionalización de los hidrocarburos y la electricidad. Y, por el otro, el sector privado, donde destacan la agroindustria de Santa Cruz (que aún sigue siendo un fuerte estado opositor políticamente a Morales) y el sector informal de la economía y el comercio, que resuelven el menos el 60% del empleo en Bolivia.

Lo que indican los números en Bolivia, es que el gobierno de Evo Morales ha logrado el equilibrio perfecto: La nacionalización de los sectores básicos y estratégicos como los hidrocarburos y la electricidad, han generado recursos para garantizarle al Estado la redistribución de la riqueza. Y, por otro lado, el fuerte impulso a la agroindustria y el comercio, le quitan al Estado una pesada carga porque resuelven gran parte del empleo y contribuyen a fortalecer el aparato económico boliviano.

La redistribución de la riqueza

Aquí, en la redistribución de la riqueza, se halla otra de las grandes diferencias entre el Socialismo boliviano y el Socialismo venezolano. Desde la perspectiva del Socialismo del Siglo XXI, una de las propuestas medulares es la redistribución de la riqueza entre los que menos tienen.

Pero para que haya redistribución de la riqueza, debe haber riqueza. En Bolivia, el Estado, garantizó, con la nacionalización de sectores básicos, riqueza para redistribuir. En Venezuela se destruyó el sector privado con las nacionalizaciones y expropiaciones y el Estado, que abusó de la estatización, perdió el control de todo o casi todo lo que había estatizado. En consecuencia, no puede haber redistribución de la riqueza, con un Estado quebrado que no genera riqueza para redistribuir.

En síntesis, en Venezuela triunfó el estatismo exagerado, la nacionalización de todo sin objetivos estratégicos, la destrucción del sector privado y, por ende, el divorcio entre los empresarios y el gobierno y el desmantelamiento progresivo de la otrora poderosa estatal PDVSA. Todo ello, aunado a una pésima administración y una corrupción galopante, tienen al país en la quiebra casi absoluta.  

En Bolivia, en cambio, durante los 13 años de gobierno de Evo Morales, ingresaron al país abundantes recursos producto de la nacionalización de áreas estratégicas, la adaptación a un modelo mixto, entre lo privado y lo público, el control de la inflación y un progresivo crecimiento económico que ronda el 4,5 y 4,8% anual.

Justo cuando terminábamos de escribir este artículo, el Instituto Nacional de Estadística de Bolivia (INE), anunciaba un crecimiento de la economía boliviana del 3,8% en el segundo trimestre del año 2019. Para Venezuela, el FMI anunciaba una contracción económica del 35% a finales del año 2019.

 Y justo cuando terminábamos de escribir este artículo, la empresa petrolera saudita, Aramco, anunciaba la venta del 5% de sus acciones por unos 2 mil millones de dólares. PDVSA, en su momento más floreciente, llegó a ocupar un puesto significativo, por detrás de Aramco, pero por encima de Petrobras (la petrolera brasilera) y Ecopetrol (la empresa petrolera colombiana), en el ranking de las empresas petroleras del mundo y jamás estuvo en un puesto y en una situación tan exageradamente crítica como está en este momento.

Todas la cifras indican que desde 2013, cuando Nicolás Maduro asumió el control del gobierno, comenzó y se profundizó la debacle de un modelo económico que nunca supo sembrar el petróleo. Pero el desajuste económico comenzó antes, con Hugo Chávez y su exagerado estatismo, su divorcio con todo lo que significara el sector privado, la permisividad absoluta con la corrupción y un pésimo sentido de la gerencia.

Las consecuencias no pueden ser más desastrosas.  

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